De joven era una luchadora, de esas que ven el sufrimiento y la injusticia del mundo e intentan plantarle cara, de esas que no se dejan arrastrar por modas o estereotipos, de esas que se lo cuestionan todo. Eso, evidentemente, le hizo llevarse muchos palos y mucha incomprensión. Según crecía se fue rindiendo, limitándose a quejarse y buscar un sentido para todo en silencio. Acabó el colegio, estudió enfermería y entró a trabajar en un hospital, lo que en parte, le otorgó sentido a su vida y paz a su espíritu, pero no era suficiente.
Un día, al volver del trabajo después de un día especialmente duro y frustrante, tuvo una idea: cogió un cuaderno, un diario que le habían regalado hacía siglos y que ni había abierto, y empezó a escribir en él. Escribió durante casi una hora cómo se sentía, cómo veía el mundo, y todo lo que se le ocurrió… Cuando paró, le dolía la mano, pero se sentía bien, más ligera. Leyó lo escrito, y aunque parte le pareció estúpido, el resto le pareció muy profundo. Recordó sus clases de filosofía en el instituto, y aunque entonces le habían parecido una pérdida de tiempo, empezó a buscar información sobre lo que había estudiado. Descubrió a muchos filósofos y sus puntos de vista sobre todo, y descubrió que con algunos coincidía, otros la hicieron cambiar de opinión, y otros le parecieron absurdos. De pronto levantó la cabeza, miró por la ventana, y vio que se había hecho de noche, pero no le importó, porque algo nuevo había nacido en su alma (y hasta entonces no sabía ni siquiera si tenía alma). Empezó a llevarse el diario a todas partes, a escribir en de vez en cuando, y a seguir investigando sobre la filosofía y su historia. La gente la veía distinta y se preguntaba por qué, pero ella se limitaba a sonreír y a encogerse de hombros. Solo si les veía realmente interesados les explicaba lo que hacía, y a muchos les pareció una tontería y una pérdida de tiempo, pero a ella no le importó…
Había encontrado algo que la hacía sentirse realizada, que le permitía evadirse del mundo que la rodeaba y que tan injusto le parecía a veces, pero a la vez le permitía reflexionar sobre él y sobre sí misma, y aprender la clase de persona que quería llegar a ser, y luchar por serlo, en este viaje en el que se había convertido su vida. Era, además, algo propio suyo, en lo que nadie más podía entrar sin invitación, donde podía ser ella misma y preguntarse qué era ser ella misma, sin preocuparse por el eterno qué dirán. Se había pasado la vida buscando algo que ahora lo descubría, estaba dentro de sí misma: al escribir entraba en su propio país de las maravillas, donde todo era posible, y podía reflejar como quisiera lo que quisiera, tanto de sí misma como del mundo, al igual que los personajes de la historia de Alicia eran reflejos del suyo.
Para acabar este trabajo, he decidido hablar sobre la propia filosofía, y sobre cómo puede abrirnos un mundo nuevo, o mejor dicho, una nueva forma de ver el mundo, profundizando en el verdadero significado de las cosas. Esta historia es autobiográfica solo en parte, pero lo es para todos los que se interesan por la filosofía, pues a todos puede enseñarnos a conocernos a nosotros mismos y al mundo.
Tenía todo lo que cualquiera podría desear: era rico, joven, famoso y un deportista de élite, concretamente uno de los corredores de Rally en moto más famosos del mundo. Pero, a pesar de todo ello, o quizá precisamente por todo esto, no era feliz. Entró de una espiral de autodestrucción, tratando de olvidarse de sí mismo y del sinsentido en el que se había convertido su vida, a base de alcohol, drogas, sexo y fiestas sin fin. En cada carrera se arriesgaba más, jugándose la vida, porque, al fin y al cabo ¿qué más le daba?
Pero un día, poco antes del comienzo del Dakar de Argentina 2010, ocurrió algo con lo que no contaba... Sin hacer caso de las advertencias, cogió la moto y se internó solo en el desierto para practicar. Cuando estaba a pocos kilómetros, tuvo un brutal accidente y cayó de la máquina. Por suerte llevaba el traje con las protecciones y el casco, lo que probablemente le salvó la vida, pero una de sus piernas quedó atrapada debajo de la moto, y aunque por suerte logró sacarla, estaba rota y sangrante. Al principio quiso pedir ayuda, pero se acordó de que no había cogido la radio, para que nadie pudiera localizarle (ironías de la vida). Se quedó allí tumbado, intentando protegerse del sol abrasador, medio escondido debajo de la moto. Permaneció ahí tirado durante horas, y pronto se le acabó el agua. Pero algo nuevo apareció en su interior: la voluntad de vivir que tenía ya casi olvidada. De pronto se dio cuenta de todo lo que perdería, de todas las personas a las que no volvería a ver, de todas las carreras que no correría… y decidió que iba a vivir. Así que se puso de rodillas, sacó su navaja y, con mucho esfuerzo, logró rajar el depósito, y la gasolina cayó lentamente en el suelo. Se arrastró penosamente a una duna cercana, la escaló y se parapetó detrás. Después sacó una caja de cerillas (que en realidad llevaba para fumar), encendió una, apuntó… y falló. La siguiente se le apagó, y ya solo le quedaba una. La ató al cuchillo para que tuviese más peso, y fuese más fácil acertar. La encendió, dejó que prendiese el mango de madera de la navaja… y la lanzó, agachándose al instante. Y esta vez cayó en el charco, explotando la gasolina.
“Ya está... Quizá lo vean y vengan…”- pensó, y se acurrucó junto a la duna, a esperar. Y justo cuando se sentía desfallecer, oyó el sonido de los helicópteros… le habían encontrado.
La pesadilla había acabado, pero desde ese día, todo cambió para él. El haber estado a punto de perder la vida le hizo valorar lo que tenía. Volvió a establecer contacto con su familia, recuperó la ilusión por vivir y disfrutar de la vida. Dejó las borracheras y las juergas, porque ahora no necesitaba olvidarse de sí mismo para ser feliz. Y, aunque parezca increíble, siguió compitiendo, pero ahora no por llenar un vacío que no se podía llenar, sino por diversión.
Este relato habla de la voluntad de vivir, y de cómo estar a punto de perder la vida hace que nos aferremos a ella y aprendamos a valorarla, aunque antes, como el protagonista de la historia, no le veamos nada especial y nos dé igual, porque una de los defectos más usuales del ser humano es que no valoramos lo que tenemos hasta que nos lo quitan.
Erase una vez una loba que se encontró un cachorro de labrador en el bosque, abandonado. Aunque no había tenido mucho contacto con humanos, y menos aún con perros, sabía lo que era, a pesar de lo cual sintió pena de él, por lo que lo adoptó y lo crió junto a sus demás cachorros, y el pequeño creció considerándose a sí mismo un lobo, jugando y cazando junto a sus hermanos, como un miembro más de la manada, que le aceptó sin reticencias, después de que la loba, que era la líder, les asegurase que no sería una amenaza.
Pero un año y medio más tarde, cuando el cachorro ya había crecido hasta ser un joven perro, llegaron unos cazadores a la zona donde habitaba la manada. Ésta les oyó llegar, y aunque hasta hace poco el perro había permanecido escondido en ocasiones como ésta, como hacían todos los cachorros de la manada, en esta ocasión ya le permitieron salir a pelear con los cazadores. Sin embargo, cuando estos le vieron, bajaron sus escopetas y le miraron extrañados.
-¿Qué hace este perro aquí? ¿Se le habrá perdido a alguien? ¡Ven aquí, chico!- le llamaron.
Él se les quedó mirando, confuso, unos momentos. Después miró a los demás lobos, y a los perros que acompañaban a los cazadores… y ató cabos de golpe, quedándose anonadado. Uno de los canes cazadores le dijo:
-¿Por qué estás con esos lobos? Únete a nosotros, somos perros, como tú…
Él no contestó, sin saber qué hacer, así que el otro se encogió de hombros, y a una señal de su amo, se lanzó contra uno de los hermanos de camada del perro, pero entonces éste no lo dudó. Se lanzó contra él y lo derribó, evitando que tocara a su amigo. Los demás perros se le echaron encima, pero los lobos reaccionaron y contraatacaron, y los cazadores decidieron retirarse, después de lanzar un par de disparos al aire para que huyeran despavoridos. Cuando al fin pararon de correr, el perro se quedó en un rincón, avergonzado y apartado de los demás.
-Venga, vámonos ya a la guarida- le dijo al poco rato uno de sus hermanos de camada, el que había salvado, empujándole con el hocico- podrían volver.
-Espera, entonces, ¿me dejáis que siga con vosotros?- preguntó el can, tembloroso e incrédulo- Pero… ya oísteis al cazador ¿no os importa que sea un perro?
-Ay, tontorrón… ¡pero si ya lo sabíamos! No nos importa de qué raza seas o el color de tu pelo- dijo la loba líder, su madre, sonriéndole- tú has dado la cara por nosotros, hiciste tu elección… y eres uno más de la manada. Tienes el cuerpo de un perro, pero el alma de un lobo.
Este relato habla de lo que determina quiénes somos: en mi opinión, no se trata de nada predeterminado, como la raza, el país de origen, la genética, sino otras dos cosas: la gente que queremos, y nuestras elecciones. Esto es lo que la manada de lobos sabe ver, y los cazadores son incapaces. Que aunque el protagonista sea un perro, decide seguir siendo un lobo, al lado de sus seres queridos.
Era uno de los últimos de su especie. Antiguamente, los unicornios eran conocidos y respetados, pero hoy en día la gente les consideraba graciosísimos, y no hace falta que diga la cantidad de bromas que se pueden hacer sobre alguien que tiene un cuerno en la frente. Por todo ello el unicornio vivía amargado y solo: los demás caballos no le aceptaban, y se burlaban de él constantemente, sin dejarle ir con ellos ni participar en sus juegos. El unicornio deseaba desesperadamente encajar, ser un caballo normal, como los otros, y odiaba a muerte su cuerno, que le parecía la peor maldición del mundo.
Un día se enteró de que se iba a celebrar una carrera en el bosque donde vivía, a la que acudirían caballos de todo el mundo. Aunque sabía que los que le viesen se reirían de él, como siempre, decidió participar, para ver si de esa manera se ganaba al menos algo de respeto, pues, a pesar del cuerno, era muy rápido.
Y por fin llegó el día de la gran carrera. Cuando el unicornio llegó, se colocó en su puesto y contempló a los demás participantes: un frisón, un brega australiano, un andaluz, un árabe, un silla americano y un mustang. Ellos le miraron de reojo y se rieron entre dientes, pero el unicornio trató de ignorarles y se concentró. Al poco se anunció que la carrera iba a comenzar, y todos dejaron de charlar y se prepararon. Sonó el disparo y echaron a correr, levantado el polvo del camino a su paso. Galoparon como el viento, saltando vallas, evitando obstáculos… Poco a poco, el unicornio iba adelantando a los demás, poseído por el deseo de ganar, y con la ventaja de haber sido subestimado por los otros corredores. De pronto se dio cuenta, con sorpresa, de que tan solo el andaluz estaba delante de él. ¡Iba el segundo! Forzó sus patas al máximo, sin hacer caso al agotamiento, hasta que pareció que volaba. Llegaron los últimos metros, y el unicornio iba ganando terreno. Cuando cruzaron la meta los dos corceles estaban prácticamente a la par. Se miraron entre sí, confusos ¿quién había ganado? El juez de la carrera se acercó y dijo en voz alta:
-¡Ya tenemos ganador, señores! – sacó la corona de laurel del vencedor- El unicornio ha llegado el primero, ha adelantado al caballo andaluz… aproximadamente por un cuerno- y colocó la corona en la cabeza del animal, mientras la multitud le aplaudía, enardecida.
Esta historia muestra cómo en la vida hay dos opciones: fundirnos con la multitud y ser uno más, o aceptar aquello que nos hace ser nosotros mismos, porque aunque nos haga diferentes, y eso siempre es duro, también nos hace especiales, como al unicornio, que aunque al principio se avergüenza de no ser como los demás caballos, precisamente gracias a lo que le hace distinto (su cuerno) gana la carrera.
Cuando le atraparon, le condenaron a treinta años de cárcel, por homicidio premeditado. Pero tuvo suete: le acortaron la condena por buen comportamiento, porque era joven, y porque el abogado alegó trastorno de personalidad, psicosis. Por ello le asignaron un psiquiatra que le trató, consiguiendo buenos resultados.
Bastantes años después… Parecía otra persona. Se arrepintió, cumplió su condena, salió de la prisión, rehabilitado, se reintegró en la sociedad, recuperó a su mujer y a su hija, ya mayor, volvió a trabajar… Seguía siendo una persona fría, calculadora, con dificultad para sentir empatía y compasión, y comprender los sentimientos de los demás… Pero ya no era un asesino, no disfrutaba matando. De hecho, al margen de estas cosas, trataba de ser una buena persona.
Pero cierto día su hija, de veinte años, desapareció. La policía llegó a la conclusión de que había sido un secuestro, y destinó a un equipo a investigar el asunto. La madre no levantaba cabeza: dejó casi de comer, y se pasaba las noches sin dormir, pensando en su hija y en lo que estaría sufriendo, y los días llorando y luchando por no caer rendida. Pero él no, él reaccionó de otra manera. Tras la sorpresa inicial, permaneció inmutable. No porque no quisiera a su hija, sino porque era incapaz de sentir el dolor de ella como suyo, no podía ponerse en su lugar. Él reaccionó de otra forma: manteniendo la sangre fría y la cabeza clara en todo momento, se unió al grupo de investigación, aportando todo lo que sabía gracias a su experiencia como psicópata y a su trato con presos en la cárcel. Descubrieron que había sido uno de ellos los que la había raptado, otro psicópata, y con ayuda del padre de la chica, que sabía cómo pensaba y actuaba ese hombre porque había sido como él… la encontraron, y volvió a su casa relativamente sana y salva. Y desde entonces el que había sido un criminal pasó a trabajar como policía.
Este relato habla sobre quiénes somos y qué es lo que nos conforma. En él se ve como el padre de la niña, carece de empatía, es frío y calculador, etc., simplemente porque son los rasgos que conforman su personalidad. Sin embargo, él no es esclavo de su Naturaleza, y sigue siendo capaz de cambiar (pasando de psicópata a rescatador de su hija). En resumen, aunque nuestra naturaleza nos condiciona, somos libres de elegir.
Nota: Esta historia está basada en hechos reales.
En realidad no era culpa suya. Cuando tenía veinte años presenció como su madre moría en un accidente de tráfico, mientras volvían del campeonato de esquí a nivel nacional en el que ella acababa de quedar segunda, y eso la marcó. Desde ese momento un miedo a la muerte, a lo desconocido, le entró en los huesos, aplastó su espíritu y se instaló en su mente. Dejó de esquiar, dejó de ir en coche, dejó de hacer cualquier cosa que supusiera un mínimo riesgo. Obsesionada por huir de la muerte, se informó y previno contra innumerables enfermedades raras, buscó tratamientos imposibles para alargar su vida y prevenir la vejez. Sus seres queridos intentaron ayudarla, incluido su padre, que también estaba en aquel coche, le ofrecieron también ayuda profesional…pero no quería ser ayudada, y los alejó. Y pasaron los años, y sus miedos siguieron aumentando…
Un día, fue a cruzar la calle, y evidentemente se asomó a los lados, y cruzó en verde, pero sus precauciones no fueron suficientes: un coche surgió de la nada y se la llevó por delante.
Y entonces la vio: una figura etérea, vaporosa, con un vestido negro que flotaba a su alrededor, y el pelo blanco tapándole los ojos. Se acercó a ella, y su voz parecía el susurro del viento.
-No he venido a buscarte, todavía no ha llegado tu momento. Esto en un aviso: deja de huir de mí, porque NO podrás escapar. Aprende a aceptarme porque soy la antítesis de la vida, y precisamente por ello debo existir… todo en este mundo necesita su contrario, porque da sentido a su existencia, le da un valor. ¿Qué sentido, qué valor tendría la luz sin oscuridad, la libertad sin cadenas…?
Se despertó en la cama de un hospital. Recordaba todo lo sucedido… y aunque no podía discernir si lo había imaginado, desde aquel momento su vida cambió: volvió a esquiar, se sacó el carnet de conducir, dejó de usar cremas para arrugas inexistentes y de gastarse su dinero en tratamientos ridículos, recuperó a su familia, salió, conoció gente… volvió a la vida.
Y cierto día, al amanecer, se despertó y la vio junto a su cama. La contempló sin miedo, en sus ojos una pregunta muda. La muerte asintió, y ella se levantó de la cama, dejando su cuerpo nonagenario atrás, y se agarró a su brazo.
Y se alejaron juntas, hacia el infinito, donde acaban todos los miedos, donde todas las preguntas son respondidas.
Hace poco leímos en clase un texto que decía, entre otras cosas, que para disfrutar plenamente de la vida debemos dejar de temer la muerte, y este tema me ha inspirado para escribir esta historia, en la que la protagonista llega a la conclusión de que ni hay que temer la muerte, ni olvidarla; simplemente respetarla, tener en cuenta que algún día llegará, y vivir en consecuencia, pero sin intentar huir de ella, porque al final siempre nos encontrará, y habremos malgastado nuestra vida en escapar en vez de aceptar que está unida a la vida.
Se llamaba Iván, y era su primer día en el instituto. Solo quería encajar y hacer amigos. Cuando llegó a la clase, se sentó en un asiento libre y no habló con nadie, indeciso, pero en cuanto llegó el descanso un grupo de chicos se le acercó con actitud amistosa, aunque algo amenazadora, como si estuvieran marcando el territorio. Se presentaron, y le ofrecieron sentarse con ellos en la última fila, donde el líder estuvo toda la siguiente clase hablándole. Se enteró de que eran un grupo de chicos bastante populares y temidos, y que querían admitirle en su pandilla. Eran divertidos, alborotadores, y él parecía caerles bien. Y se alegró de haber conocido gente tan pronto y de no quedarse solo, como había temido al enterarse de que tenía que cambiar de colegio..
Pero cuando llegó el recreo…
-¡Venga, vamos! ¿No irás a rajarte, verdad?- dijo un chico pecoso, dándole un pequeño puñetazo amistoso en el hombro.
Él miró al muchacho que estaba sus pies, con las gafas rotas y un ojo hinchado, indefenso. Le habían dicho que le iban a enseñar algo muy divertido, pero a él no le hacía gracia. Empezaba a darse cuenta de cómo eran realmente esos chicos.
-¡Pégale, pégale de una vez!- corearon los otros.
Parecían relajados, pero no lo estaban. Se dio cuenta de que no bromeaban: le estaban poniendo a prueba, y del resultado de esa prueba dependía que le aceptasen de verdad en su grupo, o le marginasen, llegando a tratarle como a ese desgraciado que tenía delante, que supuso no sería el único al que pegaban. Respiró hondo, y le pegó una fuerte patada en el estómago. Él gimió y se retorció, e Iván se sintió un monstruo. Y se dio cuenta de todos los días serían así si no hacía algo… así que se dio la vuelta y plantó cara a los demás.
-Ya es suficiente. No voy a pegarle, no es más que un pobre chico que no me ha hecho nada.
- Oye- dijo el más alto, el que le había parecido el líder - piensa en lo que haces. Creía que querías hacer amigos, ser uno de nosotros, encajar… Porque si no estás con nosotros estás contra nosotros…- dejó la amenaza en el aire.
- Pues qué lástima. Y por si no lo has pillado, estaba siendo sarcástico- respondió Iván, que se iba envalentonando por momentos.
Y tuvo la suerte de que justo entonces se acercase un profesor y los chicos se dispersasen rápidamente. Mientras ayudaba al otro a levantarse, se dio cuenta de que su vida en ese nuevo instituto no iba a ser fácil, y que quizá se arrepintiese de su decisión… pero era consciente de que había hecho lo correcto.
Esta entrada habla sobre un fenómeno social que aparece sobre todo entre la gente de esta edad: la presión de grupo, y la dificultad que supone plantarle cara. El protagonista no quiere pegar al otro chico, pero lo hace por miedo, por no sentirse desplazado y por encajar, en vez de tener la madurez y la fuerza de voluntad necesaria para ser él mismo, cosa que logra después, cuando atisba las consecuencias de sus actos. Es un relato relativamente optimista, porque en él no se cede a la presión de grupo, cosa que en la vida real es menos frecuente.
El viento soplaba, helador, entre los árboles sin hojas del cementerio. Una urraca descendió volando en lentas espirales, hasta posarse sobre una rama. Bajo ella, frente a una tumba reciente, dos hombres y una mujer permanecían quietos, con lágrimas en los ojos, en un triste silencio. Eran hermanos, y estaban visitando a su madre.
-¡¿Qué sentido tiene esto?! – exclamó de pronto el más joven, dando una patada al tronco del árbol, haciendo que la urraca se agitara, molesta- ¿De que ha servido todo lo que vivió, todo lo que luchó contra este maldito cáncer, todo lo que sufrió… para acabar aquí? Yo os lo diré, de nada. Ahora se convertirá en polvo y no habrá merecido la pena, porque al fin y al cabo, después de morir, ¿qué nos espera? La nada, el vacio, pudrirnos… el fin de la conciencia, toda una vida tirada a la basura, destinada al olvido...
- No digas eso- le replicó el otro, el mayor de todos- puede que su cuerpo haya muerto, pero su alma es inmortal. Ella ha vivido una buena vida, pero ya ha llegado a su fin, y ahora está con Dios. Su sufrimiento ha acabado, y estoy seguro de que es feliz, allí donde esté, y que no nos ha abandonado, como dices, sino que siempre nos querrá y nos escuchará, aunque no podamos verla.
-No estoy de acuerdo con ninguno- comentó la mujer, que hasta entonces había permanecido en silencio- Sería muy bonito pensar que su alma aún vive, pero no me hago ilusiones. Y tampoco creo que su vida no haya servido para nada. Para mí sigue viva en nosotros, en las flores que plantaba, en la cara de mi hija, que cada día se parece más a ella. Ella nos crió, nos quiso… Nunca morirá del todo mientras siga en nuestros corazones. Mientras sea recordada, su vida habrá merecido la pena. Para mí eso es ser inmortal.
-De todas maneras yo no pierdo la esperanza- dijo al final el hijo mayor, después de un largo silencio- puede que ahora mismo nos esté escuchando desde ahí arriba, y diga, como cuando éramos críos: “Ya os estáis peleando por tonterías, os voy a dejar sin postre…”.
-Lo de críos será una forma de hablar, ¿o hace falta que os recuerde las últimas navidades?
Los tres hermanos sonrieron, perdidos en el recuerdo común, y se alejaron despacio, cogidos del brazo.
-Ay, mis niños – suspiró la urraca, soltando una risita- si vosotros supierais…
Esta historia trata sobre la muerte, un tema que considero uno de los más interesantes de los tratados por la filosofía. Concretamente he hablado (tratando de ser objetiva) sobre las distintas maneras de entender la muerte que hay en nuestra sociedad, y sobre que, aunque cada uno tengamos nuestra propia idea de lo que nos espera tras ella, en realidad no podremos estar seguros de lo que nos pasará hasta que nos suceda.
Erase una vez un gatito que vivía en una granja, de esas antiguas que actualmente casi han desaparecido, con su madre y sus hermanos. Cierto día, cuando era poco más que un cachorro, mientras paseaba por el salón, vio una pequeña sombra que se escondía tras la pata de una silla. Era un ratón.
- Hola- saludó el gato alegremente.- ¿Por qué te escondes?
- Hola- contestó el ratón, asomándose con timidez- Perdona si te hago esta pregunta, pero… ¿no sientes algo así como una necesidad natural de devorarme?
- Pues…la verdad es que no.-reflexionó el felino- En realidad quería charlar contigo.
-Bueno- replicó el roedor algo más animado, saliendo poco a poco de su escondite- siendo así…
Siendo así, el gato y el ratón estuvieron un rato hablando, y se cayeron bien. Cuando se separaron, acordaron encontrarse al día siguiente en el mismo sitio. Esto duró un par de semanas, pues cierto día uno de los hermanos del gatito le descubrió con el ratón y se lo dijo a su madre…
- ¡¿Qué pasa aquí?!- exclamó la vieja gata cuando el gatito volvió- ¿Qué hacías con ese ratón?
- Es mi amigo- explicó con inocencia el animal.- Le he conoc...
-¡Pero eso no puede ser! Tú eres un gato, y el deber de los gatos es cazar ratones. No puedes ser amigo suyo. Los gatos y los ratones somos enemigos, debes hacer como los demás y, cada vez que veas uno, ¡comértelo de un bocado! No hay más que hablar, es tu Naturaleza, todos los gatos somos así y, desde luego, un hijo mío no va a ser distinto. O entras en razón, o puedes considerarte expulsado de la manada.
- De acuerdo, mamá- dijo el gatito con lágrimas en los ojos.
-No estés triste, tonto- le dijo su hermano mayor- ya verás cómo te gusta cazar.
Con la cola entre las patas y el corazón triste, el felino deambuló por la casa, pensando en lo que acababa de oír. Al doblar una esquina oyó un ruido y se agazapó. Era el ratón que había conocido hacía poco.
-Hola de nuevo- le saludó el roedor, pero el gato saltó contra él, cogiéndole desprevenido, y le apresó entre sus garras.
-¡¿Qué se supone que estás haciendo?!- exclamó el ratón aterrado.
- Sé que nunca me he comportado así contigo, y que te dije que no quería comerte, pero me han hecho ver que soy un gato, y los gatos cazamos ratones. Hago lo que debo hacer. Debo ser como los demás, o ya no me querrán con ellos.
- Durante toda mi vida he escapado de los mininos, porque pensaba que todos vosotros no erais más que asesinos. Y así son la mayoría, pero tú no, tú eres distinto...
- Lo siento- se disculpó el gato- pero ser distinto es demasiado duro.
A continuación vaciló un instante...
Y le arrancó la cabeza de un mordisco.
Esta historia trata de cómo la sociedad influye en nosotros, haciéndonos ser y actuar de acuerdo a unas reglas, a unas leyes sociales predeterminadas. El gato es diferente a los demás, no quiere cazar, pero ante el miedo al rechazo de los otros gatos, a no "hacer lo que debe" traiciona su propia libertad haciendo cosas que realmente no quiere hacer.
-¿Qué es eso que traes? ¡Dímelo, dímelo!
-Tranquilo, hijo, déjame colocarlo en la mesa, es frágil. Tienes cinco años, no puedes comportarte como un niño pequeño- le guiñó el ojo, y él no tuvo más remedio que estarse quieto.
-Es una Budleia, o "arbusto de las mariposas".-le explicó luego- La pondremos en el jardín y cuando florezca, atraerá a las mariposas a montones, y podrás mirarlas, ya verás lo bonitas que son...
Luego plantó la Budleia en un rincón del jardín, y muy pronto creció y estuvo todo el día llena de mariposas. Al niño le encantaba mirarlas volar y posarse en la planta, perseguirlas y ver como huían asustadas, para volver a los pocos segundos al arbusto. Sus preciosas alas y sus colores le fascinaban, y admiraba cómo brillaban al sol.
Pero un día, mientras las miraba, su padre se acercó con una red y atrapó una con un diestro giro de muñeca.
-Mira, es una Pandoriana Pandora -la mariposa agitaba las alas y se retorcía tratando de escapar.
-¿Que vas a hacer con ella?- preguntó el niño algo preocupado.
-Ahora lo verás- repondió el adulto, y se la llevó al interior de la casa. El niño le siguió corriendo.
Entraron en el salón, pasaron por delante del bebé, que dormía plácidamente, y llegaron a una mesa en un rincón. El niño estaba nervioso. Vió como su padre cogía un trozo de corcho, un alfiler, y ¡zas! Lo del "zas" se lo imaginó, porque se había tapado los ojos, presintiendo lo que iba a ocurrir.
-Voy a hacer una colección- explicó orgulloso el hombre.
-¡La has matado!- gritó el niño, contemplando a la mariposa atravesada- ¡¿Por qué?!
-No estés triste-le consoló, revolviéndole el pelo- Esa mariposa no habría vivido mucho de todas maneras, ¿no lo entiendes, peque? Su belleza se habría evaporado y solo la habríamos podido mirar un instante. Ahora será hermosa para siempre-trató de explicarle el hombre.
El niño lo pensó un instante, y luego se acercó a la cuna, se puso de puntillas y acarició la cara dormida de su hermana.
-Ella también es preciosa, pero no la vas a pinchar, ¿verdad?
-¡Pero claro que no! ¡Qué estas diciendo! ¡No es en absoluto lo mismo!- se enfadó su padre.
- No pasa nada. Quería estar seguro... Y ahora la mariposa ya no es tan bonita. Ya no me gusta. No brilla, está triste...
Y sin decir una palabra más, el niño salió corriendo al jardín, a sentarse junto a la Budleia, para mirar a las mariposas vivas. Ellas agitaban sus alas multicolores, ajenas a lo que acababa de pasar.
Esta historia trata sobre las distintas maneras de ver la belleza, y la he escrito para plasmar mi opinión sobre el tema, que ya hemos dado en clase,y que coincide con la del niño de la historia: cada persona tiene su propia concepción de la belleza, y para mí ésta está mucho más en las cosas vivas que en las muertas, más en un paisaje que en un cuadro, más en una mariposa viva que en una muerta, pues el hecho de que sea efímera le da verdadero valor. Nota:La budleia es una planta real, y cuando florece las mariposas se posan en tal cantidad que ocultan las flores.